Por Bautista Müller Williman

Es muy frecuente, cuando se acerca el tiempo de elecciones en un país, que uno de los puntos analizados por los interesados sea la modificación del orden geopolítico de influencias. Cuestión que generalmente presenta dos objetivos fundamentales: en primer lugar, determinar cuál es la alternativa más conveniente para la nación que celebra elecciones según este apartado y, por otro, si la alineación de los candidatos es con los «buenos» o los «malos» del orden político internacional.

Siendo esta una cuestión que considero en exceso simplificada y que trae consigo ideas divisorias y degenerativas para los valores liberales, es por esto que en el presente artículo trataré de abordar, de la forma más correcta posible, el porqué pienso que, en lo que al ámbito internacional por lo menos se refiere, no existen buenos ni malos, sino simples intereses que dejan de lado cuestiones como la moralidad en gran cantidad de casos.

  1. Los actores

En primera instancia, sería óptimo determinar quiénes son los actores fundamentales en estas disputas. Pues reducirlos simplemente a Estados Unidos, China o Rusia es en exceso limitado. No obstante, creo que no se encuentra tan errado.

Quizá una precisión podría ser el espectro representante del esquema geoeconómico-político tradicional, encarnado fundamentalmente en Estados Unidos y sus aliados, mientras que del otro lado se encuentran los detractores de ese orden tradicional, encarnados actualmente de forma fundamental por China, pero el cual ha variado a lo largo de la historia.

El porqué de esta distinción radica esencialmente en la asociación de ambas posiciones con la tradicional izquierda y derecha del espectro político. Siendo la derecha encarnada por quienes defienden los valores y estructuras tradicionales y existentes como aquellas que deben guiar a la sociedad, y la izquierda, que las considera obsoletas y busca nuevas alternativas para reemplazarlas.

Esto explica por qué la tradicionalmente llamada «derecha» busca alinearse con el orden tradicional, comúnmente asociado, además, al capitalismo tradicional. Mientras, por otro lado, la izquierda busca hacerlo con los representantes de un nuevo orden, el cual frecuentemente se asocia con ideas socialistas o semejantes.

2. Los intereses y su preservación

Teniendo en cuenta lo anterior, debemos entender que estos actores poseen intereses. Ahora bien, estos lejos están de ser tan simples como muchas veces se busca plantear desde los medios de comunicación partidarios. Pues ni los motiva el hacer el bien a escala internacional ni tampoco, o no completamente, los recursos naturales.

Hoy en día, la incidencia de las grandes potencias en países fuera de su propio territorio tiene como objetivo transversal expandir o fortalecer su esfera de influencia, a la vez que se contrae o debilita la de sus opositores.

Dicha cuestión se podía ver claramente ejemplificada durante la Guerra Fría. Un bloque apoyaba a un lado del conflicto, el otro bloque a la contraparte, y se enfrentaban directamente para debilitar a su rival mientras, en simultáneo, se fortalecían. Así pasó en Vietnam, Corea o Afganistán.

No obstante, hoy en día esta no es la única manera en la cual se da este constante tira y afloja. Quisiera dar un ejemplo para esto: la intervención de Estados Unidos en Venezuela. El Gobierno de Washington, es cierto, extrajo a Nicolás Maduro del país y lo mantiene actualmente cautivo. Sin embargo, el hecho de que el régimen continúe funcionando con casi total naturalidad hace dudar de que dicha intervención fuera en pos de la democracia y la libertad. Y es que la misma tenía otro objetivo, que ni de cerca era el petróleo, ya que el país del Tío Sam es el primer productor mundial. Este objetivo era desmantelar la esfera de influencia de los rivales geopolíticos de Estados Unidos, Rusia y China, en América.

3. ¿Buenos y malos?

Es normal que, llegado a este punto, se pregunte el lector si es que acaso existen buenos y malos en geopolítica o, mínimamente, un bando menos malo que el otro. La realidad es que, a la hora de dirigir una nación y marcar un rumbo, guiarse por una disyuntiva tan pequeña no deja de ser, cuanto menos, impráctico.

En lo que al ámbito internacional se refiere, no hay buenos ni malos: hay intereses, y estos pueden ser beneficiosos o perjudiciales para los distintos Estados según su posición.

Uno puede llegar a tener preferencias personales por un lado del espectro. De la misma manera, puede defenestrar al otro, pero no por un hecho tan subjetivo debemos caer en simplificaciones nocivas para la discusión política.

4. La neutralidad como la solución liberal

Con todo lo anterior ya desarrollado, resta responder qué debería entonces hacer un jefe de Estado en materia internacional. La respuesta a esto es mantener una neutralidad que le permita gozar, en la mayor medida posible, de las políticas de los grandes bloques internacionales, al mismo tiempo que evita lo más que pueda sus perjuicios.

Aquí, la habilidad de un gestor internacional no recae en ser un férreo defensor de un bando; más bien, todo lo contrario. Su idoneidad la determinará su capacidad para negociar con todos sin alinearse ni ser cegado por sus ideas personales, teniendo siempre en mente que es representante de todos sus habitantes.

Para aquel que me crea equivocado o me llame tibio, le invito a observar el caso de Suiza, país del que dudo que exista alguien que no considere que tiene condiciones de vida medianamente buenas. Nos estamos refiriendo a una nación ubicada en el corazón de Europa y, por ende, epicentro del escenario geopolítico en gran cantidad de casos y, en el resto, ubicada geográficamente en uno de los escenarios de los actores más importantes. Siendo que, a pesar de esto, no intervino en ningún conflicto, y así de mal le va.

5. Conclusión

¿Existen buenos y malos en geopolítica? No, rotundamente. Existen actores que representan intereses que podemos cuestionar, sin duda. Por ejemplo, la política exterior china no es de mi agrado ni simpatizo con las acciones francesas en África. Pero no por esto voy a defender que mi nación rompa relaciones o se enemiste con estas.

Lo mejor que puede hacer un jefe de Estado es buscar cuestiones tales como tratados de comercio y reconocimientos, y velar por los intereses de su nación sin alinearse. Pues no dude de que, de ponerse de un lado, a la mínima que aparezca alguien más útil que él, será dejado de lado sin remordimiento alguno.

Sin más que agregar, agradezco al lector su tiempo y espero su opinión. Espero que este artículo haya sido de su agrado y lo ayude a reflexionar.

Nuevamente, muchas gracias.