*Por Bautista Müller Williman
El día 11 de septiembre se conmemora el fallecimiento del señor Domingo Faustino Sarmiento. Conocido popularmente como el Padre del Aula, Sarmiento, sin lugar a dudas, se ha constituido en una de las figuras más relevantes de la historia argentina entera.
Si bien es cierto que algunas de sus ideas son cuestionables, así como también muchos de sus actos de gobierno podrían ser puestos bajo tela de juicio, los méritos del sanjuanino son, no obstante, mucho mayores a sus defectos.
A esto debemos agregarle que Sarmiento era, además, un escritor de una pluma ciertamente prodigiosa, de donde podemos extraer obras como Argirópolis, Campaña en el Ejército Grande, Inmigración y colonización, entre muchos otros.
No obstante, para el común de la gente, el más conocido y, en muchos casos, permítame decir, el único, nos encontramos con Civilización y barbarie, también conocido como El Facundo.
No pretendo, ni muchísimo menos, hacer un resumen o explicación de la obra de Sarmiento. De hecho, invito al lector a que busque una copia de este libro y, por sí mismo, vea lo que es, ya que la complejidad que posee, no por la pluma en la que está escrita, sino por su significado intrínseco y lugar histórico, merece, sin lugar a dudas, una lectura completa de la obra y no de un resumen.
Lo que quiero hacer referencia, por el contrario, es al concepto central que impulsó al sanjuanino a la escritura de semejante obra. Según él, en la Argentina existía una heterogeneidad en la población entre los civilizados, es decir, la población urbana, educada e industrial, semejante a los estándares de la población europea, y, por otro lado, la barbarie, encarnada en el gaucho, el campo, las pulperías y la tradición indígena, entre otros elementos.
Esa simplificación, desde ya, es amplia, pero lo suficientemente instrumental para el análisis que busco hacer. El punto es que esta visión de Sarmiento se vio reflejada luego en su gobierno entre los años 1868 y 1874, donde amplió la masa de población escolarizada, impulsó el primer censo y aumentó de forma exponencial la cantidad de escuelas existentes hasta el momento en la Argentina.
Ese trabajo luego sería complementado con las políticas de los siguientes gobiernos, como el de Roca, con la Ley 1420, donde se establece la educación primaria como gratuita, laica y obligatoria para todos los habitantes de la Argentina.
De esta manera, Argentina se insertaba al siglo XX con una población con unos niveles de educación que eran ejemplo no solo regional, sino mundial, y que hasta hacía unos pocos años eran impensados.
A pesar de todo esto, hoy en día el panorama parece ser muy distinto al de aquellos años. Creo firmemente y soy un convencido de que vivimos con una nueva barbarie, distinta a la de Sarmiento. Pues yo no quiero hacer referencia a las costumbres gauchescas ni a la tradición argentina, que considero, como dijo Alberdi, la civilización que necesita nuestro país dado sus territorios. A lo que me refiero es a los actos de salvajismo que pueden observarse en la sociedad y que han sido promovidos por espacios políticos que son degenerativos, no solo para la sociedad en general, sino también para la cultura argentina,
la educación de todos los ciudadanos, pues esta no debe solamente abarcar a los más jóvenes y los principios fundamentales que necesita un pueblo para poder crecer.
Argentina se ha convertido en un país donde no es raro que, cuando se debate una ley importante, se observen disturbios fuera del Congreso, cortes de calle o, inclusive, el incendio de vehículos. Un país donde uno de los mayores partidos políticos constantemente hace referencia a finalizar el mandato en turno antes de lo previsto por la ley si es que no lo están ocupando ellos. Un país donde existe un culto al vivo, al que se aprovecha de quien va en línea y en regla con los principios morales y legales, pues quien posee semejante actitud es, como decimos, un pelotudo.
Somos una nación que, en lo deportivo, celebra goles con la mano, llamando a los picardía, y cuando recibe uno de características similares, lo denomina como trampa. Un país donde nos alegramos de que se altere el agua que se le da a los rivales para obtener ventaja deportiva. Y esto, a su vez, lo reflejamos a todos los aspectos de la vida cotidiana.
Esas características de la Argentina se han construido a lo largo de unas largas décadas. No son únicamente producto de las estrategias propagandísticas de los políticos argentinos que existen, advierto, desde Rosas y con múltiples exponentes como Yrigoyen, Perón y, más recientemente, el kirchnerismo, con sus ideas de división de la sociedad. Ese elemento, sin lugar a dudas, constituye un ingrediente fundamental, pero no es el único.
La instrucción educativa que se ha llevado a cabo es inmensa. No pretendo traerle índices al lector, pues este artículo no es académico, sino meramente una opinión personal, pero sí lo invito a que hable y pregunte con aquellos que fueron a escuelas públicas hace 30, 40, 50 años y pida su opinión acerca de la calidad del sistema educativo. Verá que, casi inequívocamente, la gran mayoría coinciden en el hecho de que la misma ha caído.
Esto se ve reflejado también en los resultados de Argentina en las pruebas de educación internacional, donde los resultados son cada vez más bajos. Cuestión que se ha propulsado por la ley de educación vigente actualmente.
Se ha potenciado también en los últimos años la criminalidad con las políticas abolicionistas que complementan las causas antes mencionadas. Y se ha potenciado desde distintos espacios políticos la violencia y el ataque, tanto físico como así también verbal, hacia quien no se alinee con los ideales que baja la cabeza del partido.
Todo esto ha constituido una nueva barbarie en la Argentina, la cual no será tan fácil de revertir como la época de Sarmiento. No lo será porque no es un asunto meramente educativo, es un asunto cultural y moral que se ha metido hasta el fondo de los ciudadanos. Hablamos de una civilización bárbara, funcional a los intereses de unos pocos y perjudicial para los pocos civilizados que aún quedan.
Antes de cerrar, agradezco profundamente al lector su atención y espero haya disfrutado esta opinión que le comparto. Espero pueda reflexionar y compartir su opinión sobre esto que digo.
Sin más que agregar, muchas gracias.

